Vecinos

No podía creer lo que estaba viendo, 

después de limpiarse los ojos un par de veces 

contener la respiración y no poder cerrar la boca por tal asombro, 

seguía sin creerlo. 

Su corazón quería salirse del pecho 

e irse corriendo hasta el otro lado de la calle. 

Las cosquillas entre sus piernas hacían que no pudiera dejar de sonreír.


 

Abajo, su mamá no paraba de gritar: 

que se apurara, que el desayuno ya estaba listo,

que iba a perder el bus y que ella no era chofer de nadie

que por qué siempre tenía que levantarse tan tarde

y provocarle ese dolor de cabeza que la dejaba solo 

hasta por la noche.

 

Pero Marco… Marco no escuchaba nada,

¿cómo hacerlo? si ese pelo rojo no paraba de moverse con el viento 

y esos dientes blancos, que parecían pedacitos de nube

no dejaban de sonreír y ella… 

con su vestidito de flores 

que hacían juego con el jardín y con su juego de miradas

que no eran para él. 

¿Cómo escuchar algo? si después 

de que Libia, la profesora de Literatura, 

se hubiera ido a Europa sin que él le hubiera declarado su amor,

no había visto una mujer tan hermosa como ella.

 

Knock, knock, knockkkk!!

En la puerta su mamá estaba al punto de la histeria

Cerró los ojos por un segundo y volvió a la realidad.

Veía sus labios y manos moverse desordenadamente

pero no entendía una palabra de lo que le decía su mamá.

Ese día el desayuno se quedó en la mesita de la cocina

y después de caminar los siete pasos 

que de la casa al paradero habían, perdió de vista a su nueva vecina.

 

Oíste, y cómo que tiene un buen trabajo el señor, 

Ah… un diplomático?

Y es que es verdad que vienen desde tan lejos?

Claro que la vi querida, que tan hermosa esa muchacha.

Ah… se llama Noemi?”

Mientras bajaba por un vaso de leche a la cocina

escuchó por accidente en una de esas largas conversaciones

telefónicas de su mamá que esas, ya andaba sin dolor de cabeza.

 

Saber su nombre fue un alivio

y desde esa mañana escribió entonces a Noemi un poema cada día.

 

“Nunca los rayos de sol habían

 entrado con tanta fuerza por mi ventana

cómo desde que te vi,

 y sin saber que lees 

me encanta verte mover así

con tanta pasión, cuando suspiras.

Y sin saber a donde vas me encanta verte caminar 

y verte por ahí.

Nunca la brisa me había traído tan buenas noticias 

ni las flores un aroma tan natural 

cómo desde que tu estás aquí.”

Tu vecino.

 

La ventana del cuarto de Noemi estaba frente a la suya y 

en esos tiempos de calor, donde se dejan abiertas 

y la brisa siempre es bienvenida, 

enviaba sus poemas en forma de aviones de papel.

En esas primeras dos semanas el verano,

Marco ayudó como nunca en el jardín de la casa,

incluso, se ofrecía cada tarde salir a caminar con Dacapo

después de detestar caminar con un perro por la calle.

 

En uno de esos paseos, finalmente, se encontró frente a frente con ella.

Su mirada lo intimidó tanto que se quedó mudo y no 

pudo decir ni una palabra. 

 

“Vives en frente cierto? Te he visto un par de veces cuando sales

con el perro, es hermoso! Es un labrador verdad?

Me encantan los perros, pero desde pequeña tengo una alergia

y pues no podemos tener uno en casa”

Ella comenzó a hablar, a hablar, a hablar y no paraba, 

tan rápido como su corazón palpitaba. 

” No vas a decir nada? 

O es que tu mamita te prohibió hablar con extraños?”

“Eeeee, aaahh… eeeeee

eres la mujer más hermosa que conozco y quiero que seas mi novia” 

Ella comenzó a reír y la verdad también se sonrojó un poco:

“Mmmmm… Cuando la última hoja de ese árbol se caiga seré tu novia…”

Seguía riéndose y de un momento a otro se fue, así,  acariciando su pelo

con ese movimiento de caderas que lo enloquecía.

 

Las semanas fueron pasando y Marco solo deseaba que otoño llegara

y se llevara todas y cada una de las hojas de ese árbol,

que estaba más verde que nunca cuando se la encontró.

Recordar que podía dibujar su rostro con los ojos cerrados

y saber el número exacto de pecas que en el vivían.

Que cada avioncito de papel que enviaba era un paso más cerca a la conquista.

 

El verano se le hizo eterno y el otoño al fin llegó.

Cuando al fin el árbol se quedó sin una hoja,

antes de salir a saludar a su nueva novia, escucha en la cocina:

“Y que les está dando como duro el frío…

que porque por allá no hay estaciones, imaginate pobrecitos…

Mmmmm, Cómo? todo el mundo sabe.

Siii, El muchacho este, hijo de Maria Cecilia

Verdad? Y es que es poeta y todo?

Ah no, la Noemi si está muy bien de novio entonces…”

 

Otro vaso de leche, otra conversación

su mamá en la cocina, y como es costumbre Marco es 

el último en enterarse de todo…

 

Que eso de las cuatro estaciones era algo nuevo para Noemi

y que esa frase, que para el fue una promesa, 

para ella fue una simple broma. 

Que bajar a tomar leche nunca iba a ser una buena idea,

que el novio ése, era su compañero, el que siempre elogió sus poemas

y le dijo que no dejara de escribirlos,

y que lo de los anónimos era algo de valientes,

como Libia muchas veces le había dicho.

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